Himno Órfico a Hêlios
Traducción por L.J. Tang

Helios, por Johannes Benk.
Escucha áureo titán, cuyo ojo eterno, con amplia vigilancia, ilumina todo el cielo: Nacido por ti mismo, incansable difundiendo luz, y a todos los ojos el espejo de deleite: Señor de las estaciones, con tu flamígero carruaje y corceles saltadores, irradiando fulgor desde lejos: con tu mano derecha eres la fuente de la luz matutina, y con tu mano izquierda eres el padre de la noche[1]. Ágil, vigoroso, venerable Sol; ardiente y brillante alrededor de los cielos tu corres. Enemigo del impío, pero guía del hombre piadoso, sobre todos sus pasos propicio tú presides[2]: Con diversos sonidos, lira dorada, es tuyo el llenar el mundo con armonía divina. Padre de las edades, guía de prosperas hazañas, comandante del mundo, llevado por lucidos corceles, Zeus inmortal[3], insomne vigilante, portador de luz, fuente de la existencia, puro e incandescente resplandor: Acarreador de frutos, poderoso señor de los años, diligente y cálido, a quien todo poder reverencia. Gran ojo de la naturaleza y de los cielos estrellados, condenado con inmortales flamas a ponerte y levantarte: Dispensando justicia, amante del arroyo[4], gran déspota del mundo[5], y sobre todo supremo. Fiel defensor, y ojo de la rectitud, de los caballos el soberano, y de la vida la luz: Con sonoro látigo a cuatro rusientes corceles guías, cuando en el carruaje del día cabalgas gloriosamente. Favorable fulgura sobre esta labores místicas, y bendice a tus suplicantes con una vida divina.
[1] Parece implicar a un Hêlios que mira al norte, con su mano derecha apuntando al este, y su mano izquierda al oeste.
[2] Para los antiguos griegos la piedad [εὐσέβεια - Eusebeia], era la virtud de hacer lo correcto para con los dioses, padres, ancestros, y la comunidad de la polis. El individuo debía honrar apropiadamente a las deidades, pública y privadamente; así como cumplir los juramentos. No hacerlo era un crimen que podía castigarse con la pena capital. Es evidente que suponía un elemento de importantísimas consecuencias, con mayores complejidades, incluso en el campo filosófico, que la piedad cristiana, que suele equipararse a misericordia, amor al prójimo, y humildad. Carecer de piedad era condenarse, en esta vida y en la otra.
[3] Es probable que sea un recurso halagador, que equipara a Hêlios con Zeus; alternativamente, podría tratarse de una plena identificación, sabemos que en el Orfismo no era inusual considerar que un dios era aspecto de otro, como el caso de Nyx y Aphroditê.
[4] Pues su flamas imperecederas se refrescan con las aguas.
[5] Aunque posteriores al Orfismo, es difícil no ver la relación con el Demiurgo platónico, y con el papel del Sol como gobernador de los planetas en el Hermetismo alejandrino.
