¡IO PAN!

He visto lo que han hecho con los dioses griegos, una vez más, en la serie Sandman.
No es suficiente con que Hesíodo, y Homero, hayan convertido a los dioses en veleidosas caricaturas dramáticas, festejando en palacios celestiales entre las nubes, inmiscuidos en bucólicas rencillas amorosas, ambiciones políticas, o pugnas fratricidas, sustrayendo de ellos todo pulso vital primordial; sino que, en la modernidad, todo medio audiovisual parece empecinado en disminuirlos aún más gravemente, hasta exaltarlos como figuras de cultura pop, nuevos rostros publicitarios de agendas sociales corruptas y falsamente igualitarias.
Sin duda, ahora más que nunca, el espíritu de la genuina Goeteia resulta imperativo, so pena de que los verdaderos Buscadores, y practicantes, se vean obstaculizados de conocer, verazmente, a estas particulares formas divinas.
Las deidades helénicas, como el resto de dioses, son expresiones desaforadas de fuerzas naturales, pues tal es la llana, y directa, significación de su volición inteligible: interfaces de la naturaleza. Zeús no es el maduro, y membrudo, monarca, ataviado de purpúrea, o azulada, túnica, portando prístino, y áureo, cetro, sino el ígneo relámpago, acompañado de la canción funesta, y horrenda, del trueno, capaz de incinerar los bosques y la vida misma. Hermês no es el burlón, y afeminado, mensajero, de graciosos movimientos; mucho menos un travieso bobalicón, inclinado a pueriles jugarretas; no, sino el Logos Primigenio, la palabra formativa, emanada de la Monada Absoluta, cuya imprecación crea y destruye en igual medida, elevando los pilares de la magia, como sostén de los propios arcanos divinos.
Hekate no es la psiquiatra que os ayudará en vuestros ridículos “trabajos de sombra”, tomando notas mientras yacéis acostados en un etérico diván, intentando solventar vuestros pequeños altercados humanos, ínfimos y producto, en mayor cuantía, de vuestras propias torpezas y desaciertos; suplicándole que os socorra en las poco trascendentes encrucijadas existenciales que son vuestra responsabilidad, no suya. No, su triple sendero es aquel dispensador, que media en su carácter liminal, y ascendencia ontológica, los principios supernos, destilando desde su ardiente vientre, plagado de tempestades, el alma, y virtud, de todas las cosas.
Es tiempo de la Goeteia, de la auténtica, y atávica visión, de los dioses que, ya en el período clásico, por parte de la ortodoxia, fueron reducidos a meros instrumentos mutilados por la Polis, y que solo en la vida rural continuaron encontrando expresiones indómitas. Aunque en esta, incluso, muchos sufrieron limitación, pues el referente Pan fue disminuido al mero benefactor de los pastores, preocupado exclusivamente de la masturbación, y persecución de ninfas, que de expresar el fragor de lo salvaje, y el emisor del Pánico que paraliza, y enloquece, a los hombres.
Thamus ha mentido, Pan no ha muerto, pero requiere ser reencontrado, no por la dulce canción apolínea, y el delicado rito reconstruccionista, más obra teatral que mágica asamblea, sino por el grito en el bosque, con el canto del aulós, y el resonar de tambor y címbalo. Por las orgias mistéricas, territorio predilecto de todos los dioses, del cielo y la tierra.
¡Io Pan! ¡Io Pan! ¡Io Pan!
